El Día Que Ella Vuelva

Está la mina que amaste y te creés que es la de tu vida. Ésa que todo tipo de más de treinta tiene en el recuerdo. Ésa sobre la cual, diez años desde la última vez que la viste, te cuentan que la vieron comprando un bolso, paseando un perro o un niño, y te quedás raro una semana. He charlado con tacheros, botones de hotel, kiosqueros, investigadores, gerentes… y es un clásico. Todos la tienen. Le suelen llamar “ella”. Y en fondo nunca se sabe si nuestras expectativas generaron un fantasma, un concepto donde vertimos esa parte de insatisfacción ineludible que nos conforma, para manterner la estabilidad del sistema. No se sabe si es en verdad alguien que nos completaría, todo indica que más allá de las novelas, éste es un concepto poco viable en la naturaleza. No se sabe si todo fue producto de un sueño.

“Ella”, a menudo, puede ser un lugar seguro donde guardar la basura, en vez de tener que masticarla y terminar intoxicándonos. Me he preguntado muchas veces qué pasaría si todas las “ellas” del mundo volvieran. Sería quizás un día nubladito, con amagues de llovizna, donde al mismo tiempo se abrirían ansiosas todas las puertas; la del tachero, la del ingeniero, del chorro y el canillita para recibirlas. Durante un momento la economía colapsaría por tantos hombres que de golpe darían a la actividad laboral el lugar y la medida adecuados. Habría un miedo efímero mezclado con una euforia no menos efímera y el olor en el aire inspiraría a todos a hacer el amor. De sólo imaginar la juventud repentina en las caras ajadas de todos esos hombres, los gestos añejos de niño abriéndose paso entre las cejas y los pliegues de la cara, me dan ganas de llorar de la emoción. Y ellas volverían sin rencores, sin preguntas, volviendo como vuelve lo que nunca debió haberse ido. Algunas volverían de la muerte. Y la boca quedaría chica para besarse, lo brazos cortos para abrazarse, las manos pocas para tocarse, y de golpe ocurriría ese milagro improbable de no pensar en nada más, ese simulacro de eternidad. Más de una esposa colapsaría de estupor o saldría corriendo en busca de su alguien, del que no ha oído hace siglos y que hace décadas vive al otro lado del océano y atiende una casa de ropas. Sería un muy mal día para los dealers y vendedores de merca, así como para los casinos y bares de mala muerte. No sabemos ni sabremos nunca el porqué, pero Ella seguirá ahí, en su lugar inamovible, cada uno le dedicará recuerdos más o menos luminosos, incluso sórdidos o de ensueño. En las noches, como un anticipo del tunel final, quizás la veamos como en una foto y sonriamos. Sin ofender a los homosexuales, me atrevería a decir que la imagen de la mujer que vuelve es quizás la más poética que se pueda esbozar. Dejemos al arte y los artistas reflejarlo.

Mientras tanto, entre viajes, corridas, esperas, negocios, contratos, obras sociales, matafuegos, fichas de inscripción, maletas, cascos, palas y ladrillos; puede seguir sucediendo que dos hombres desconocidos inauguren esa chispa de intimidad en la espera de un ascensor, el intercambio de una compra o un turno aburrido de trabajo; para contarle al otro su Ella. Y nos escucharemos atentos, comprendiéndonos tanto, casi esperando un abrazo que nunca se concretará, describiremos orgullosos ese momento difuso en que uno amó y a uno lo quisieron tanto, como quien describe una hazaña difícil de creer. Y durante un momento fraternal, entre palabras y sin decirlo, imaginaremos juntos El Día que Ella Vuelva, antes de estrecharnos la mano más fuerte que la mierda.

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